sábado, 18 de octubre de 2014

“Fui con una mochila llena y volví con ella vacía pero el corazón lleno”

“Aprendes que se puede vivir con muchísimo menos” dice el ginecólogo tras volver de una misión humanitaria 

Su barba blanca delata años de experiencia y sin embargo bajo sus gafas, en su mirada se puede ver que esta es una de las experiencias que más le ha marcado en sus 54 años. El pueblo africano  ha dejado huella en su corazón y a día de hoy recuerda a todas las personas que conoció en esta experiencia con gran cariño y admiración. Para él, la gran revelación del viaje fue darse cuenta que la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas.

Durante más de tres semanas con la idea de que al menos 103 personas fueran intervenidas quirúrgicamente para que sus condiciones de vida mejorasen, el ginecólogo del hospital Infanta Margarita de Cabra (Córdoba) Federico Izquierdo y otros profesionales del mundo de la medicina, acudieron a la República Centroafricana para desempeñar una labor de cooperación. Viajaron hasta Bangasur para vivir esta experiencia. Su día a día, cambió de la noche a la mañana. 

¿Cómo surgió la idea de ir a África a desarrollar una labor de cooperación?
En África yo sabía que había una serie de compañeros que ya habían estado allí en otras ocasiones. Hablé con los responsables de la organización de Bangasur y entonces en un momento dado, necesitaron un ginecólogo. Este ginecólogo era yo. Preparamos todas las cosas, y allí nos fuimos. En realidad todo surgió como surgen muchas veces las grandes ideas, de pronto y dando un paso al frente.

¿En qué consistía ese trabajo en  África?
He estado en dos ocasiones. En octubre el año 2011 y del año 2013. En la primera ocasión fue una visita fundamentalmente para desarrollar un programa quirúrgico, fuimos a operar y en la segunda ocasión fui a desarrollar un programa de formación en exploración ginecológica y ecográfica.

¿Cuántas personas más le acompañaron?
En la primera visita venían conmigo, dos anestesistas, un cirujano y una enfermera. En la segunda ocasión, acompañé a una oftalmóloga que iba a desarrollar un programa de graduación de vista, y detención de la patología ocular que había en la población.

¿En qué condiciones sanitarias trabajaba?
En Bangasur la diócesis ha construido una especie de hospital, porque claro la palabra hospital tal cual como la podemos entender nosotros no es. Es una especie de hospital –añade haciendo un gesto con los dedos en señal de comillas, con un poco de ironía- que tiene unas salas grandes donde tratan a pacientes con sida, otras pequeñas con apartamentos para personas con lepra, un consultorio infantil, otro general y también tiene un recinto quirúrgico que es donde operamos. Algunos de ellos son lugares que están actuando continuamente y en otras ocasiones, como cuando nosotros fuimos, lo que se hace es abrir el quirófano, que el resto del tiempo no está funcionando. Las consultas se dedican a  consultas pre y post quirúrgicas y así es como se va organizando. Es un trabajo que habitualmente allí no se hace y por eso vamos nosotros a hacerlo.

¿Era muy grande la diferencia entre el material con el que contabas allí a con el que trabajas en tu día a día?
La diferencia sin lugar a dudas es muy grande, fundamentalmente en lo que es la gran disponibilidad de medios, pero de todas maneras nosotros, bien por lo que llevábamos, bien por material que se había dado en contenedores o el que se manda en dos o tres ocasiones al año, más parte de ese mismo material que ya está allí de manera continua. Sin lugar a dudas hay diferencias, pero los pacientes de allí se operan con unas garantías muy similares con las que se operan en el hospital en el que trabajo.

¿Cómo vivía en áfrica?
En áfrica se vive un poco diferente a como se vive aquí en España. En Bangasur, donde nosotros nos alojábamos, que más o menos está a la altura de meridano, lo primero que notas es que amanece muy temprano, prácticamente a las cinco de la mañana y como estábamos alojados en un hogar hecho para cooperantes en la diócesis, vives casi bajo del campanario de la catedral. Lo que más impacta es  el despertar con las campanas de la catedral.
No notamos grandes diferencias, en lo que es el tener a nuestro alcance duchas, camas, una cantidad de comida, aunque no exista una gran variedad. Vives de una manera distinta, pero no muy diferente a la que estás acostumbrado.
Nosotros hacíamos unas jornadas maratonianas de trabajo, en el que nos levantábamos a las cinco y a las siete estábamos ya operando, hasta la tarde, que ya volvíamos a las habitaciones, cenábamos y nos acostábamos porque terminábamos muy cansados todos los días.

¿Cómo vivían los nativos?
Con todo tipo de carencias, no están organizados en grandes grupos urbanos. Como he dicho antes, no hay luz eléctrica, no hay correo, no hay industrias, ni fabricas, solo mercadillos que simplemente son un trapo de apenas un metro por un metro donde intentan vender lo poco que tienen y más que vender se utiliza el trueque con el que está al lado.
Viven en chozas, los que tienen un poco más de recursos han puesto el techo de la de un material más resistente. No tienen camas, no tienen colchones, comen prácticamente una vez al día, al final de la tarde y una dieta fundamentalmente basada en la mandioca, que es un tubérculo que produce sensación de saciedad.

¿Tiene alguna anécdota que recordar?
Estar allí ya es una anécdota en sí, allí todo te sorprende –respira profundamente, se quita las gafas y empieza a limpiarlas- el cariño con el que te tratan, lo que hacen para poder operarse. Como no hay carretera, ni hay transporte público, tienen que ir toda la familia acampar debajo de un árbol en la zona que hay alrededor del hospital y allí esperan a que sus familiares se recuperen de la operación. El caso que más me llamó la atención fue el caso de un hombre que tenía una hernia y no tenía ningún medio. –Se pone las gafas y se rasca la barba pensativo-  En esto lo religioso, ejerce una  tarea educativa muy importante, es decir, las cosas en la vida cuestan, y a veces lo gratis no se valora. Entonces este hombre llegó a un trato con  las hermanas para poder ser operado. Tenía que tener adecentado los alrededores del hospital durante unos días. Era una cuestión simbólica, porque la operación no valía ese trabajo, pero sí demuestra que las cosas hay que ganárselas, por decirlo de alguna manera.

Después de vivir esta experiencia ¿cómo fue la vuelta a su vida cotidiana?
Aprendes que se puede vivir con muchísimo menos, al hacer intervenciones quirúrgicas con menos materiales te convierte en menos quisquilloso. Ves que no es tan importante tener el último teléfono, que no es tan importante tener que ir al cine a ver la última película, o que existan tantos platos en una mesa.

De todo lo que viste o viviste allí ¿qué fue lo que más le llamó la atención o te impactó?
Lo que más te impacta es verlos a ellos, con la cantidad de necesidades que tienen, con la cantidad de carencias que tienen, y sin embargo no se ve tristeza en ellos, es un pueblo alegre, agradecido, en el que nuca he visto una mala cara. Puedes ir por cualquier sitio sin tener miedo o sensación de que tu vida vaya a correr algún peligro. La alegría y el agradecimiento que me mostraron, fue lo que sin duda me llamó más la atención.
Yo fui con una mochila llena de cosas materiales, como alimentos o regalos y volví con ella vacía pero corazón lleno de sentimientos, de cariño y de vivencias que tienen más valor que las cosas materiales que llevaba al principio.

¿Volvería a repetir el viaje?
Sin lugar a dudas, en cuanto me vuelvan a llamar, aunque estén las cosas difíciles políticamente y haya incertidumbre social, pero si vuelvo a tener la oportunidad iré.



Entrevista a Federico Izquierdo
Por Irene Izquierdo 
Entregado como trabajo de Redacción II en 2º de Carrera

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