“Aprendes que se puede vivir con muchísimo menos” dice el ginecólogo tras volver de una misión humanitaria
Durante más de tres semanas con la idea de que al menos 103 personas fueran intervenidas quirúrgicamente para que sus condiciones de vida mejorasen, el ginecólogo del hospital Infanta Margarita de Cabra (Córdoba) Federico Izquierdo y otros profesionales del mundo de la medicina, acudieron a la República Centroafricana para desempeñar una labor de cooperación. Viajaron hasta Bangasur para vivir esta experiencia. Su día a día, cambió de la noche a la mañana.
¿Cómo surgió la idea
de ir a África a desarrollar una labor de cooperación?
En
África yo sabía que había una serie de compañeros que ya habían estado allí en
otras ocasiones. Hablé con los responsables de la organización de Bangasur y
entonces en un momento dado, necesitaron un ginecólogo. Este ginecólogo era yo.
Preparamos todas las cosas, y allí nos fuimos. En realidad todo surgió como
surgen muchas veces las grandes ideas, de pronto y dando un paso al frente.
¿En qué consistía ese
trabajo en África?
He
estado en dos ocasiones. En octubre el año 2011 y del año 2013. En la primera
ocasión fue una visita fundamentalmente para desarrollar un programa
quirúrgico, fuimos a operar y en la segunda ocasión fui a desarrollar un
programa de formación en exploración ginecológica y ecográfica.
¿Cuántas personas más
le acompañaron?
En la
primera visita venían conmigo, dos anestesistas, un cirujano y una enfermera.
En la segunda ocasión, acompañé a una oftalmóloga que iba a desarrollar un programa
de graduación de vista, y detención de la patología ocular que había en la
población.
¿En qué condiciones
sanitarias trabajaba?
En
Bangasur la diócesis ha construido una especie de hospital, porque claro la palabra
hospital tal cual como la podemos entender nosotros no es. Es una especie de
hospital –añade haciendo un gesto con los dedos en señal de comillas, con un
poco de ironía- que tiene unas salas grandes donde tratan a pacientes con sida,
otras pequeñas con apartamentos para personas con lepra, un consultorio
infantil, otro general y también tiene un recinto quirúrgico que es donde operamos.
Algunos de ellos son lugares que están actuando continuamente y en otras
ocasiones, como cuando nosotros fuimos, lo que se hace es abrir el quirófano,
que el resto del tiempo no está funcionando. Las consultas se dedican a consultas pre y post quirúrgicas y así es
como se va organizando. Es un trabajo que habitualmente allí no se hace y por
eso vamos nosotros a hacerlo.
¿Era muy grande la
diferencia entre el material con el que contabas allí a con el que trabajas en
tu día a día?
La
diferencia sin lugar a dudas es muy grande, fundamentalmente en lo que es la
gran disponibilidad de medios, pero de todas maneras nosotros, bien por lo que
llevábamos, bien por material que se había dado en contenedores o el que se
manda en dos o tres ocasiones al año, más parte de ese mismo material que ya
está allí de manera continua. Sin lugar a dudas hay diferencias, pero los
pacientes de allí se operan con unas garantías muy similares con las que se
operan en el hospital en el que trabajo.
¿Cómo vivía en áfrica?
En áfrica se vive un poco diferente a como se vive aquí en España. En
Bangasur, donde nosotros nos alojábamos, que más o menos está a la altura de
meridano, lo primero que notas es que amanece muy temprano, prácticamente a las
cinco de la mañana y como estábamos alojados en un hogar hecho para cooperantes
en la diócesis, vives casi bajo del campanario de la catedral. Lo que más impacta
es el despertar con las campanas de la
catedral.
No notamos grandes diferencias, en lo que es el tener a nuestro alcance
duchas, camas, una cantidad de comida, aunque no exista una gran variedad. Vives
de una manera distinta, pero no muy diferente a la que estás acostumbrado.
Nosotros
hacíamos unas jornadas maratonianas de trabajo, en el que nos levantábamos a
las cinco y a las siete estábamos ya operando, hasta la tarde, que ya volvíamos
a las habitaciones, cenábamos y nos acostábamos porque terminábamos muy
cansados todos los días.
¿Cómo vivían los
nativos?
Con todo tipo de carencias, no están organizados en grandes grupos
urbanos. Como he dicho antes, no hay luz eléctrica, no hay correo, no hay
industrias, ni fabricas, solo mercadillos que simplemente son un trapo de
apenas un metro por un metro donde intentan vender lo poco que tienen y más que
vender se utiliza el trueque con el que está al lado.
Viven
en chozas, los que tienen un poco más de recursos han puesto el techo de la de
un material más resistente. No tienen camas, no tienen colchones, comen
prácticamente una vez al día, al final de la tarde y una dieta fundamentalmente
basada en la mandioca, que es un tubérculo que produce sensación de saciedad.
¿Tiene alguna anécdota
que recordar?
Estar
allí ya es una anécdota en sí, allí todo te sorprende –respira profundamente,
se quita las gafas y empieza a limpiarlas- el cariño con el que te tratan, lo
que hacen para poder operarse. Como no hay carretera, ni hay transporte público,
tienen que ir toda la familia acampar debajo de un árbol en la zona que hay
alrededor del hospital y allí esperan a que sus familiares se recuperen de la
operación. El caso que más me llamó la atención fue el caso de un hombre que
tenía una hernia y no tenía ningún medio. –Se pone las gafas y se rasca la
barba pensativo- En esto lo religioso,
ejerce una tarea educativa muy
importante, es decir, las cosas en la vida cuestan, y a veces lo gratis no se
valora. Entonces este hombre llegó a un trato con las hermanas para poder ser operado. Tenía
que tener adecentado los alrededores del hospital durante unos días. Era una
cuestión simbólica, porque la operación no valía ese trabajo, pero sí demuestra
que las cosas hay que ganárselas, por decirlo de alguna manera.
Después de vivir esta
experiencia ¿cómo fue la vuelta a su vida cotidiana?
Aprendes
que se puede vivir con muchísimo menos, al hacer intervenciones quirúrgicas con
menos materiales te convierte en menos quisquilloso. Ves que no es tan
importante tener el último teléfono, que no es tan importante tener que ir al
cine a ver la última película, o que existan tantos platos en una mesa.
De todo lo que viste
o viviste allí ¿qué fue lo que más le llamó la atención o te impactó?
Lo que más te impacta es verlos a ellos, con la cantidad de necesidades
que tienen, con la cantidad de carencias que tienen, y sin embargo no se ve
tristeza en ellos, es un pueblo alegre, agradecido, en el que nuca he visto una
mala cara. Puedes ir por cualquier sitio sin tener miedo o sensación de que tu
vida vaya a correr algún peligro. La alegría y el agradecimiento que me
mostraron, fue lo que sin duda me llamó más la atención.
Yo
fui con una mochila llena de cosas materiales, como alimentos o regalos y volví
con ella vacía pero corazón lleno de sentimientos, de cariño y de vivencias que
tienen más valor que las cosas materiales que llevaba al principio.
¿Volvería a repetir
el viaje?
Sin lugar a dudas, en cuanto me vuelvan a llamar, aunque estén las
cosas difíciles políticamente y haya incertidumbre social, pero si vuelvo a
tener la oportunidad iré.
Entrevista a Federico Izquierdo
Por Irene Izquierdo
Entregado como trabajo de Redacción II en 2º de Carrera
¿Cómo surgió la idea
de ir a África a desarrollar una labor de cooperación?
En
África yo sabía que había una serie de compañeros que ya habían estado allí en
otras ocasiones. Hablé con los responsables de la organización de Bangasur y
entonces en un momento dado, necesitaron un ginecólogo. Este ginecólogo era yo.
Preparamos todas las cosas, y allí nos fuimos. En realidad todo surgió como
surgen muchas veces las grandes ideas, de pronto y dando un paso al frente.
¿En qué consistía ese
trabajo en África?
He
estado en dos ocasiones. En octubre el año 2011 y del año 2013. En la primera
ocasión fue una visita fundamentalmente para desarrollar un programa
quirúrgico, fuimos a operar y en la segunda ocasión fui a desarrollar un
programa de formación en exploración ginecológica y ecográfica.
¿Cuántas personas más
le acompañaron?
En la
primera visita venían conmigo, dos anestesistas, un cirujano y una enfermera.
En la segunda ocasión, acompañé a una oftalmóloga que iba a desarrollar un programa
de graduación de vista, y detención de la patología ocular que había en la
población.
¿En qué condiciones
sanitarias trabajaba?
En
Bangasur la diócesis ha construido una especie de hospital, porque claro la palabra
hospital tal cual como la podemos entender nosotros no es. Es una especie de
hospital –añade haciendo un gesto con los dedos en señal de comillas, con un
poco de ironía- que tiene unas salas grandes donde tratan a pacientes con sida,
otras pequeñas con apartamentos para personas con lepra, un consultorio
infantil, otro general y también tiene un recinto quirúrgico que es donde operamos.
Algunos de ellos son lugares que están actuando continuamente y en otras
ocasiones, como cuando nosotros fuimos, lo que se hace es abrir el quirófano,
que el resto del tiempo no está funcionando. Las consultas se dedican a consultas pre y post quirúrgicas y así es
como se va organizando. Es un trabajo que habitualmente allí no se hace y por
eso vamos nosotros a hacerlo.
¿Era muy grande la
diferencia entre el material con el que contabas allí a con el que trabajas en
tu día a día?
La
diferencia sin lugar a dudas es muy grande, fundamentalmente en lo que es la
gran disponibilidad de medios, pero de todas maneras nosotros, bien por lo que
llevábamos, bien por material que se había dado en contenedores o el que se
manda en dos o tres ocasiones al año, más parte de ese mismo material que ya
está allí de manera continua. Sin lugar a dudas hay diferencias, pero los
pacientes de allí se operan con unas garantías muy similares con las que se
operan en el hospital en el que trabajo.
¿Cómo vivía en áfrica?
En áfrica se vive un poco diferente a como se vive aquí en España. En
Bangasur, donde nosotros nos alojábamos, que más o menos está a la altura de
meridano, lo primero que notas es que amanece muy temprano, prácticamente a las
cinco de la mañana y como estábamos alojados en un hogar hecho para cooperantes
en la diócesis, vives casi bajo del campanario de la catedral. Lo que más impacta
es el despertar con las campanas de la
catedral.
No notamos grandes diferencias, en lo que es el tener a nuestro alcance
duchas, camas, una cantidad de comida, aunque no exista una gran variedad. Vives
de una manera distinta, pero no muy diferente a la que estás acostumbrado.
Nosotros
hacíamos unas jornadas maratonianas de trabajo, en el que nos levantábamos a
las cinco y a las siete estábamos ya operando, hasta la tarde, que ya volvíamos
a las habitaciones, cenábamos y nos acostábamos porque terminábamos muy
cansados todos los días.
¿Cómo vivían los
nativos?
Con todo tipo de carencias, no están organizados en grandes grupos
urbanos. Como he dicho antes, no hay luz eléctrica, no hay correo, no hay
industrias, ni fabricas, solo mercadillos que simplemente son un trapo de
apenas un metro por un metro donde intentan vender lo poco que tienen y más que
vender se utiliza el trueque con el que está al lado.
Viven
en chozas, los que tienen un poco más de recursos han puesto el techo de la de
un material más resistente. No tienen camas, no tienen colchones, comen
prácticamente una vez al día, al final de la tarde y una dieta fundamentalmente
basada en la mandioca, que es un tubérculo que produce sensación de saciedad.
¿Tiene alguna anécdota
que recordar?
Estar
allí ya es una anécdota en sí, allí todo te sorprende –respira profundamente,
se quita las gafas y empieza a limpiarlas- el cariño con el que te tratan, lo
que hacen para poder operarse. Como no hay carretera, ni hay transporte público,
tienen que ir toda la familia acampar debajo de un árbol en la zona que hay
alrededor del hospital y allí esperan a que sus familiares se recuperen de la
operación. El caso que más me llamó la atención fue el caso de un hombre que
tenía una hernia y no tenía ningún medio. –Se pone las gafas y se rasca la
barba pensativo- En esto lo religioso,
ejerce una tarea educativa muy
importante, es decir, las cosas en la vida cuestan, y a veces lo gratis no se
valora. Entonces este hombre llegó a un trato con las hermanas para poder ser operado. Tenía
que tener adecentado los alrededores del hospital durante unos días. Era una
cuestión simbólica, porque la operación no valía ese trabajo, pero sí demuestra
que las cosas hay que ganárselas, por decirlo de alguna manera.
Después de vivir esta
experiencia ¿cómo fue la vuelta a su vida cotidiana?
Aprendes
que se puede vivir con muchísimo menos, al hacer intervenciones quirúrgicas con
menos materiales te convierte en menos quisquilloso. Ves que no es tan
importante tener el último teléfono, que no es tan importante tener que ir al
cine a ver la última película, o que existan tantos platos en una mesa.
De todo lo que viste
o viviste allí ¿qué fue lo que más le llamó la atención o te impactó?
Lo que más te impacta es verlos a ellos, con la cantidad de necesidades
que tienen, con la cantidad de carencias que tienen, y sin embargo no se ve
tristeza en ellos, es un pueblo alegre, agradecido, en el que nuca he visto una
mala cara. Puedes ir por cualquier sitio sin tener miedo o sensación de que tu
vida vaya a correr algún peligro. La alegría y el agradecimiento que me
mostraron, fue lo que sin duda me llamó más la atención.
Yo
fui con una mochila llena de cosas materiales, como alimentos o regalos y volví
con ella vacía pero corazón lleno de sentimientos, de cariño y de vivencias que
tienen más valor que las cosas materiales que llevaba al principio.
¿Volvería a repetir
el viaje?

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